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Agua del desierto

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Proyectos
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Los hechos de violencia machista que ocurren diariamente en Colombia, y particularmente en la región cafetera, se han vuelto tan frecuentes que terminan por normalizarse. En los ámbitos social, familiar y afectivo, estas formas de violencia crean espacios de silencio y soledad donde el dolor, el miedo y la angustia permanecen ocultos.

Nací en Pereira, Risaralda, una ciudad atravesada por imaginarios que reducen a las mujeres a su apariencia y sexualidad. Persisten estereotipos que las nombran como “fáciles”, “superficiales” o “putas”, reforzados incluso por dichos populares que evidencian una cultura profundamente machista.

Aunque desde mediados del siglo XX las mujeres pereiranas conquistaron mayores niveles de independencia económica y autonomía, las violencias de género continúan presentes. En una ciudad pequeña como Pereira, estos comportamientos siguen sosteniéndose por el peso de las normas sociales y la impunidad cotidiana.

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Muchas mujeres permanecen en relaciones violentas por dependencia económica o emocional, aprendida desde una educación donde las acciones contradicen las palabras. Mi historia familiar refleja esa realidad compartida por muchas mujeres del país. AGUA DEL DESIERTO surge como una reflexión sobre el abandono y las formas silenciosas de violencia que atraviesan los vínculos afectivos.

Mi relación con el agua, a través de la natación, se convierte en un espacio de aislamiento y contemplación. Bajo su superficie, el cuerpo experimenta la presión, el silencio y la dificultad para respirar; el agua se transforma en una metáfora del ahogo emocional y de la imposibilidad de nombrar el dolor.

Las imágenes en blanco y negro, los cuerpos desdibujados y la construcción de los escenarios no representan únicamente mi experiencia, sino la de muchas mujeres que habitan relaciones marcadas por la ausencia, la mentira y el sufrimiento silencioso.

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